Archive for the 'Noveladas' Category

inanimada

marzo 5, 2008

No soportaba enfrentarse a la locura que se había adueñado de ella y que convertía su tronco en un tallo lánguido, como los brazos inanimados y las manos blancas y heladas. Él la abrazaba para recoger sus extremidades, como si reagrupara en el cuerpo a cuerpo las piezas de una marioneta sin hilos, pero ella se derramaba al mínimo descuido. Él intentaba transmitirle su calor jovial, frente con frente, con su respiración o con pensamientos, pero las reglas de la física, como las de la cordura, no existían entre las paredes de la habitación 6.

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matémonos

febrero 12, 2008

“Matémonos, que con el alma nos vale”.

Ella asintió mirándole a los ojos y se rebanaron el cuello mutuamente, con precisa coincidencia, para caer desarticulados sobre el lecho de hojas secas. Todavía en el último suspiro de apego a la tierra, él quiso rozar el pecho desnudo de su amada sin juicio, pero el afluente de sangre que manaba de su cuerpo se llevó toda fuerza. Y durmió.

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(dibuja Marta Altieri)

moribundicia

febrero 11, 2008

Otra batalla de desquicio,

ausencia y desperdicio,

de tuyo amargo beso,

de punzante desprecio

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(dibuja Marta Altieri)

Qué coño es el amor. Esas parejas que se besan y se tocan…¡Absenta!

diciembre 5, 2007

I. Ya no es mágico el mundo. Te han dejado. Ya no compartirás la clara luna ni los lentos jardines. Ya no hay una luna que no sea espejo del pasado, cristal de soledad, sol de agonías. Adiós las mutuas manos y las sienes que acercaba el amor. Hoy sólo tienes la fiel memoria y los desiertos días. Nadie pierde (repites vanamente) sino lo que no tiene y no ha tenido nunca, pero no basta ser valiente para aprender el arte del olvido. Un símbolo, una rosa, te desgarra y te puede matar una guitarra.

II Ya no seré feliz. Tal vez no importa. Hay tantas otras cosas en el mundo; un instante cualquiera es más profundo y diverso que el mar. La vida es corta y aunque las horas son tan largas, una oscura maravilla nos acecha, la muerte, ese otro mar, esa otra flecha que nos libra del sol y de la luna y del amor. La dicha que me diste y me quitaste debe ser borrada; lo que era todo tiene que ser nada. Sólo que me queda el goce de estar triste, esa vana costumbre que me inclina al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Jorge Luis Borges, 1964

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Cuento real

noviembre 1, 2007

El honorable anciano fijó la vista arriba, al final de la escalerilla casi vertical, se agarró al pasamanos metálico y escaló al puente de mando con cierta cojera y rostro tristecansado. En la megafonía del buque de asalto de la Armada sonó una voz femenina y firme, quizá emigrada de Venezuela: “¡Atenciónn! Su majestad el Rey, en el puente de mando”. Trece saludos a soldados engalonados eran muchos con el dolor de cabeza que llevaba, como si hubiera dormido con el craneal puesto, después de toda la mañana supervisando maniobras en Tarifalia, un campo de adiestramiento paradisiaco donde hasta los tanques querían tomar el sol.

Desde una esquina de la sala técnica le observaba un cazador de humo como otro cualquiera, abrumado por un despliegue de formalidad para el que un periodista, desde luego, no está preparado. El joven no tenía el advenimiento de la XVIII República ni entre sus doscientas prioridades en la vida, pero la pantomima de la escena le hacía gracia. “Necesitamos un representante para este país. Simpático, bienhechor y preparado”, susurró uno de sus dos compañeros. Él asintió sin dejar de observar al ilustre señor, ahora con el móvil entre las manos, mandando un eseemeese, y contestó indiferente: “Pues que pongan a Cobi”. Los plumillas se descojonaron ante el nerviosismo del oficial que guiaba su visita.

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De vuelta

noviembre 1, 2007

“Decíale, entre otras cosas, don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase, en quítame allá esas pajas, alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador della. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino”. El Quijote (…) Capítulo VII

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